La educación, como Rafael Sánchez Ferlosio apuntaba en su ensayo sobre la vergüenza, necesita de la acción punitiva no violenta de la humillación social para arrear a los estudiantes hacia la progresión en los estudios. Esta herramienta, aunque en apariencia cruel, cumple en realidad una importante función, a través de producir vergüenza a los niños –que por naturaleza solo tienden a lo placentero como observaba Aristóteles, es decir a lo mismo que atrae a los animales– se introduce aquello que es necesario para que operen en la sociedad y de forma más eficiente que a través del castigo físico. Es a través de la vergüenza que el joven es por primera vez es compelido a comportarse, y lo que tienen en común todos los adultos y jóvenes adultos, y lo que los hace más agradables al trato de los niños, es que sus instintos han sido lo suficientemente magullados por la vergüenza que hace de ellos personas amigables.

Sin embargo hay un extremo de vergüenza que produce rendimientos decrecientes y se manifiesta en el carácter tímido. La timidez es el resultado de una mala digestión de la vergüenza, de forma que los buenos modales que aprende la persona promedio son reemplazados por una incrementada preocupación y neuroticismo concerniente a no verse avergonzado, así el tímido, por ejemplo, no práctica la moderación en el hablar por educación sino que ha sido educado en temer hablar y por esto casi nunca habla, y esto en últimas instancias este exceso de vergüenza lo hace desagradable a la sociedad que desconfía siempre del exceso.

A pesar de que la timidez solo se da en un pequeño numero de las personas, muchos experimentan ese miedo a la vergüenza en diversas facetas de su vida, sobre todo en lo que respecta la competencia educativa. Las matemáticas escolares en particular, suelen crear esta división entre los estudiantes que se sienten cómodos realizando operaciones de aquellos que sienten profunda vergüenza por que se demuestre su incompetencia en esta área. También algunos se avergüenzan de su habilidad pictórica y por esto no pintan, y otros de su caligrafía, etc.

Entonces parece que un extremo de vergüenza es un impedimento no solo para el tímido sino también para el estudiante promedio en el aprender, y ciertamente uno difícil de sobrepasar pues la escuela, configurada en una mentalidad deportiva -ya criticada por el mismo Ferlosio- esta diseñada para provocar precisamente esta reacción al fracaso, el estudiante que pierde una materia, no busca y en realidad no puede tratar de consolidar los conocimientos que necesita para aprobar, simplemente busca aprobar y en muchos casos se implementan recursos para que logre hacerlo, la escuela moderna no tiene espacio para el aprendizaje sino para los victoriosos y los derrotados.

Pedir, en esta época de hipercompetición capitalista, que las escuelas dejen de calificar sus alumnos y opten por algún modelo hippie pedagógico que enfatice el proceso de aprendizaje en lugar de la meta es en verdad una causa inútil – aunque no por eso menos noble– y en verdad contraproducente a la función social de la educación en el siglo XXI, que de ninguna forma es el conocimiento por si mismo sino la producción de valor a través del tiempo y escasez –una progresión en donde el individuo invierte tiempo para la producción de niveles cada vez más valiosos de mérito–. El antídoto al exceso de vergüenza en el aula es la cultivación de una actitud de desvergüenza que es algo casi por entero desconocido y rechazado por nuestra sociedad desde los tiempos de Diógenes Laercio, su primer y único promotor.

La desvergüenza que queremos promover, sin embargo, no se trata del rechazo cínico a todas las costumbres sociales sino una desvergüenza específicamente ligada a la competencia. Esto se implementaría a través de la creación de clases (o en el caso de autodidactas próyectos) de aprendizaje sin metas, el estudiante debe ser alentado a escoger una actividad en la cual no será calificado más que en el interés por ella, la clase no tendrá ninguna consecuencia y debe ser completamente divorciada de poseer algún beneficio externo al estudiante, preferiblemente ella será acerca de un conocimiento completamente inútil en el mundo moderno: una lengua clásica, una historia particular (por ejemplo de una ciudad o evento histórico en específico), la criptografía, la música, la gramática, etc.

La naturaleza de estos cursos será del mayor rigor con el propósito de ser verdaderos al tema, pero su principal propósito será el asombro del estudiante por la materia que estudia incluso si no resulta competente en ella. Asombro es la palabra clave, antes él era el inicio de toda investigación y hoy esta ausente de la vida de los jovenes, que al no encontrarlo en su educación, se ven propelidos en una espiral de diversos sabores de nihilismo, derivando por la vida sin encontrar la felicidad en el aprendizaje, humanizando lo animal y animalizando lo humano, ejerciendo la razón solo como ajunto a sostener una vida de embriaguez (real o digital). Sospecho que mi optimismo en la capacidad transformativa del apredizaje sea un poco ingenuo, pero genuinamente creo que si podremos cambiar todos los sentimientos negativos de la competición en favor del placer de poder aprender por tus propios medios y por ti mismo es una idea que tiene el potencial de enriquecer las vidas de las personas.